31st jul2013

último camino o el camino inicial

by fernando

Estoy en León a las puertas de un nuevo camino. Dije que sólo caminaría en invierno, pero… esta vez no me he podido resistir porque este camino tenía que haberse hecho hace 14 años…

Y es que por fin hago el camino que se frustró entonces con mi amigo Óscar. Y no sólo Óscar, sino también mi amigo y compañero Víctor.

Miedo me da… ya que llevamos tiempo separados y también nos hemos separado en nuestras vidas.

Mañana empezamos…. a ver que pasa

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29th jul2000

El Peregrino

by Gregorio Gomez

Sombras de peregrino en el Camino

Este relato es consecuencia de un encuentro casual y fugaz con un extraño
peregrino de pocas palabras. Algunas de las cosas relatadas son ciertas… Otras,
no…
“El Viejo” proviene de un breve encuentro (sólo fue un saludo
y poco más) con un personaje sentado en la plaza de Lorca (Navarra), junto
a la fuente de los cuatro caños.

Me levanté y me asomé con precaución
a la puerta del cobertizo. Había amanecido un día gris plomizo,
pero ya no llovía.
Cuando llegué, el día antes, por la tarde, llovía un poco;
el paisano, que estaba recogiendo sus enseres y colocándolos en el tractor
para irse a dormir a su casa, me permitió pasar la noche allí. Compartimos
la merienda y, cuando terminamos, se fue, no sin antes recomendarme que cuando
saliera por la mañana, echara el candado.

Durante la noche llovió de lo lindo. Tardé mucho
en dormirme, pues el ruido de las gotas sobre la uralita del techo sonaba como
un solo de batería de “Deep Purple”. Al cabo de unas horas,
se convirtió en un rumor tan suave que me sirvió de nana.
Recogí mis escasas pertenencias, las metí en la mochila sin ningún
orden, comí, como desayuno, un trozo de pan del día anterior y un
poco de queso, que estaba empezando a criar moho, y comencé a caminar.
Las nubes, de color plomo, como un techo demasiado bajo, me aplastaban contra
el suelo. El barro del camino se me pegaba en las suelas de las zapatillas, impidiéndome
caminar a gusto.
Llegué a una zona con rocas; lo agradecí: Allí no había
barro.
Me sentí en medio de ninguna parte. Solo.
Fui caminando despacio, como paseando, por ver si alguien me adelantaba, y me
permitía aliviar, aunque sólo fuera por unos momentos, mi soledad.
Pero, en aquella época, tan avanzado el otoño, había pocos
peregrinos…
Cuando había perdido toda esperanza, se me ocurrió mirar hacia atrás
y vi, como a unos diez metros de mí, a alguien con barba de varios días,
sin mochila, y los pies calzados con unas sandalias de tiras de cuero.

Reduje mi paso, con intención de que le diera tiempo a emparejarse conmigo,
pero él hizo lo mismo, de modo que la distancia no variaba. Pensé
que quizá no deseara compañía, así que seguí
mi camino a mi ritmo. Si quería alcanzarme, no lo tenía difícil.
Al lado del camino vi unas piedras que estaban secas y me senté, no tanto
por descansar como por curiosidad hacia aquel peregrino.
Al minuto estaba a mi lado, sentado. Sin decir palabra. No le había visto
llegar.
Treintaytantos. Su cara estaba curtida, la piel marcada con un millón de
pecas. Tenía arrugas como surcos profundos, y no parecían corresponder
a su edad. La nariz larga, aguileña, y un poco torcida a la izquierda.
El pelo color zanahoria, largo hasta los hombros y sujeto con una goma, a modo
de coleta, tapado con una gorra de visera, con publicidad de la “Shell”,
una “vieira”. Muy adecuado. Vestía pantalón vaquero,
muy usado, y un anorak azul marino con ribetes rojos, abrochado hasta el cuello.
- Hola –saludé-.
- Hola –me respondió-.
- ¿Desde dónde vienes?
- Desde Estella.

Su acento era extranjero, pero sus palabras eran precisas, aunque escasas. No
llevaba ningún signo que le identificara como peregrino, excepto, tal vez,
la gorra publicitaria, pero, por su actitud, se podía deducir , sin lugar
a dudas, que lo era.

- Andas muy deprisa –estábamos llegando a Viana, y eran alrededor
de la una de la tarde-.
- Salí muy temprano.
- ¿De dónde eres?
- Soy francés, de la Bretaña. De Locronan, cerca de Finistère.
(Lo pronunció “Finistegg”, al modo francés)
¿Finisterre? ¿En Francia?. Tengo que informarme.
- ¿Y vas solo? –no se veía a nadie, ni por delante ni por
detrás-.
- Sí.
- ¿No te acompaña ningún familiar?
- No tengo familia.
- ¿Y amigos?
- Sólo dos o tres.
- ¿No te ha acompañado ninguno?
- No.
- ¿Y vienes caminando solo desde tu pueblo?
- Sí –contestó-.

Costaba sacarle algo más que monosílabos. Ni una explicación.
Ni una historia. Ni una confidencia. “Parece que no es muy hablador”,
pensé. La mirada de sus ojos color miel era triste. Una tristeza que calaba
hasta los huesos. No conseguí sacarle ni una palabra más.
Saqué de la mochila el poco queso que me quedaba, lo hice dos trozos y
le di uno. Hizo una especie de mueca, que pretendía ser una sonrisa. Lo
comió como sin ganas. Él sacó del bolsillo de su anorak una
botella de plástico, pequeña, llena (¿vacía?) hasta
la mitad de un vino rojo oscuro, casi negro. Bebimos y brindamos:
- ¡Por el Camino! –dije yo-.
- ¡Por los ausentes! –contestó él-.

Nos terminamos la botella. Volvió a meterla en el mismo
bolsillo. Se levantó, sin decir nada, y comenzó a andar.
Yo me levanté también. Me colgué la mochila y le seguí.
No le llamé. ¿Para qué? Le vi ganar distancia poco a poco,
hasta que se perdió de vista.
Cuando llegué a Viana, le busqué en el albergue. La chica que hacía
de hospitalera en la “Alberguería Andrés Muñoz”,
una agente de la policía municipal, de uniforme, no le había visto.

Pasé a la iglesia de San Pedro. Ruinas góticas
sin techo y restos de botellón por los pocos rincones cubiertos que le
quedan.
Allí estaba, inconfundible su mechón de pelo color zanahoria, sentado
en la base de una columna que ya no existía. Tenía el cuerpo inclinado
hacia delante, los codos apoyados en las rodillas, y se tapaba la cara con las
manos. Como si estuviera llorando, pero en silencio… Para dentro.
Preferí no molestarle. Salí de la iglesia y fui a dar una vuelta
por la ciudad… Por los soportales del Ayuntamiento… Por la Iglesia de Santa
María… Leí y pisé la lápida en recuerdo de César
Borgia, tomé un par de cervezas en algún bar… Y volví al
albergue.
Pregunté de nuevo por él, a la hospitalera y a otros peregrinos.
Nadie le había visto.
Nunca volví a verle ni, por lo que sé, nadie le vio jamás.

Pensé que lo había soñado, pero consulté un mapa de
su zona de origen. Locronan existe, aunque yo no había oído nunca
hablar de él. Y Finistère es un cabo en la Bretaña francesa.
No puede soñarse con algo que no conocías previamente.
¿…O sí….?